También engañó a Juan Pablo II

13/05/2009 at 10:50 AM Deja un comentario

Si nos atenemos a la opinión mayoritaria en Internet y en la prensa mexicana, Juan Pablo II sale mal parado en el penoso espectáculo de los vicios del pseudo-fundador legionario. El Papa habría sido un encubridor que miró para otro lado. Nada más lejos de la realidad.

Juan Pablo II fue una víctima más del taimado Maciel. Todavía no llevaba un año en el pontificado cuando recibía en el Vaticano a los Legionarios de Cristo de Roma, un grupo de doscientos estudiantes estratégicamente entrenado y acrecentado con jóvenes traídos de todos “los frentes” legionarios. El Papa quedaba admirado ante este ejercito espiritual, todos ensotanados y con roquete, todos guardando una escrupulosa uniformidad, nada de melenas y barbas. ¡Qué distintos a los seminaristas de Roma en su aspecto externo! Más bien, la estampa le recuerda al Papa a los seminarios de Polonia.

El Papa con los legionarios 1979

Juan Pablo II descubre que tiene ante sí una nueva fuerza espiritual para una renovación de la Iglesia que ya diseña en su mente. Su discurso a los legionarios no puede ser más elocuente:

Al contemplar ante mí a tan numerosos miembros de vuestra familia religiosa, acompañados por vuestro fundador, vienen a mi mente las palabras del Génesis: nos hablan de la divina asistencia que multiplica la descendencia con el favor de su bendición…

Sois una joven familia religiosa que busca creciente dinamismo para ofrecer a la Iglesia una nueva aportación de energías vivas en el momento actual.

Siete meses después el Papa visitaría la parroquia que los legionarios regentan en Roma. Come en el colegio junto al fundador, los formadores y los estudiantes. En la mesa del Papa se sientan algunos hermanos escogidos por su buen parecer y don de gentes. Juan Pablo II empezará a contar con la pujante Congregación. Sacerdotes legionarios desembarcan progresivamente en los despachos vaticanos. -los jesuitas pierden fuerza, y la ganan el Opus y la Legión- se comenta en la Curia. El maestro de ceremonias, Mons. Marini, cuenta con ellos asiduamente para acolitar las celebraciones. El fundador comparte mesa en repetidas ocasiones con el Papa, en Roma, en México, y allí siempre se muestra ardoroso defensor de Cristo y de la Iglesia. Habla sin sabiduría humana, pero con un corazón polarizado por la misión de evangelizar el mundo. Todo culminará con la designación de Marcial Maciel como Consultor de la Congregación para el clero, tras la publicación del libro la formación integral del sacerdote que el P. Gonzalo Miranda, L.C. y otros “negros” escribieron por Maciel.

Maciel y Juan Pablo II en 1979

Pronto los legionarios, astutamente gentiles y complacientes, se ganarán el corazón del secretario particular, D. Stanislao Dziwisz, al que le llega todas las semanas un envío de fruta tropical de México “para el Papa”. Cada año, los regalos navideños son minuciosamente elegidos, supervisados por el propio Maciel, y envueltos con mimo y elegancia. Nunca faltaba la felicitación de cumpleaños y otras gratificaciones personales. El Secretario de Estado, Card. Angelo Sodano, también se dejó agasajar. Pasará varios veranos en Términi, junto a su hermana, hospedado y atendido por los propios legionarios, y recibiendo siempre la oportuna visita del fundador. Más tarde, cuando el Papa sea ya un anciano, será este cardenal, segundo de abordo en el Vaticano, quien junto a D. Stanislao, frene toda la investigación en la que la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por el Card. Ratzinger, encuentra pruebas de que las acusaciones de pederastia son ciertas, además de descubrir otros vicios que no han salido a la luz.

Ni una palabra de la investigación llega al Papa, lacerado por la enfermedad. Sus dos colaboradores inmediatos actúan como filtros que impiden al Card. Ratzinger continuar con su investigación. -Todo son maledicencias de los enemigos de la Iglesia- le dirán al Papa.

Juan Pablo II murió pensando que Maciel era un hombre santo y que la Legión de Cristo era un oasis en el desierto vocacional y disciplinar por el que pasaba la Iglesia. Vio en ellos una réplica de los seminarios polacos que él conocía tan bien. Como tantos otros, el Papa no podía imaginar que todo ese fruto de vocaciones, instituciones educativas, casas religiosas y seglares comprometidos, llevaba en su interior el veneno de la serpiente, el más astuto de todos los animales. Maciel, como hijo primogénito del pecado, también encandiló a Juan Pablo II y le convenció de que era un hombre santo.

Maciel concelebra con el Papa

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