El plagio del “Saterio de mis días” es a los escritos de Maciel lo que su hija Norma Ribas es a su depravada vida sexual: la parte visible e irrefutable de un engaño mucho más grande. Una vez más, los Legionarios se equivocan al reconocer sólo lo que se hace tercamente evidente. ¿Acaso no hay más? Ellos saben que Maciel firmó cartas que ni siquiera leyó en toda su vida, que tampoco leyó nunca el libro que le escribió el P. Gonzalo Miranda y que Maciel plagió además los procedimientos, métodos y estilos de otros movimientos eclesiales y congregaciones. Eso no sería algo malo en sí, pues es normal en los carismas eclesiales inspirarse en espiritualidades precedentes, pero es justo y sano reconocerlo. Cada vez que los legionarios de Cristo reconocen algo sobre la oscura vida de su fundador, nos quedamos pasmados por su cinismo. Que lo suelten todo, sólo entonces podrán volver a empezar.
De todos los textos que en la Legión se nos entregaban bajo la firma de “Nuestro Padre”, el salterio era el que nos parecía más claramente alejado de la mentalidad, los textos manuscritos y la oratoria del fundador. Ya entre los legionarios se comentaba que se había inspirado en otros autores. También se comentaba, siempre con suma prudencia para no faltar al voto privado de “no criticar al superior”, que había un escrito muy semejante publicado unos años antes que el suyo. A partir de 1996 empezó a cuchichearse entre los menos escrupulosos que en realidad era una obra prestada.
Ahora los legionarios reconocen oficialmente lo que ya era vox populi en círculos legionarios: el salterio es una nueva estafa del taimado embustero Maciel.
En Todomaciel estamos convencidos de que ha sido la Santa Sede la que ha obligado a reconocer este plagio, pues tenemos la seguridad de que hace ya algunos años se denunció ante el Vaticano. Y estamos convencidos de que los legionarios actúan una vez más empujados por una realidad que siguen negando, pues en su reconocimiento se quedan cortos, y siguen guardando muchos secretos.
Los legionarios deberían dar a conocer a los suyos los nombres de los “negros” que escribieron las cartas del P. Maciel, deberían explicar cómo se gestaron y aclarar a los suyos el grado de autoría que corresponde al falsario iniciador de la Legión (en la mayoría ninguno, y en el resto mínimo). Deberían sacar a la luz quién escribió realmente el libro “La formación integral del sacerdote católico”, publicado nada menos que en la colección Maior de la prestigiosa Biblioteca de Autores Cristianos.
Reconocer la verdadera autoría de los escritos es, además, distanciarse del pseudo-fundador crápula y hacer justicia a los auténticos cofundadores fieles, trabajadores y entregados. Maciel no fundó nada, sólo fue un iniciador. La espiritualidad legionaria la gestaron hombres que cubrieron con su experiencia la vaciedad espiritual del falso fundador. Maciel fue “ un gran eclesiástico”, sin duda, pero no fue un “profeta”, sino un “falso profeta”, un eclesiástico indigno.
El legado personal de Maciel se reduce en realidad a tres elementos:
– Líderes, líderes, líderes.
– Números, números, números.
– Fidelidad incondicional al Papa y a la Iglesia (aunque ésta se acabó cuando la Iglesia castigó a Maciel y los legionarios miraron para otro lado, aferrándose a la supuesta santidad de su falso fundador).
A modo de ejemplo, ofrecemos aquí unos versos del salterio que “robó” Marcial Maciel, en particular el denominado por los legionarios “Salmo de amor a la cruz”:
¡Oh bendita cruz que Tú,Señor,me diste!
Con ella sobre mis hombros,
camino los días de mi destierro
por la vía dolorosa de mi larga pasión.
Y con mi cabeza sobre ella duermo
las negras noches de la soledad de mi dolor.
¡Oh cruz, inseparable compañera
de los dulces años de mi padecer por mi Dios!
Primero te sufrí con paciencia.
Después te llevé con gusto.
Hoy te abrazo ya con amor…
¡Oh cruz hermana!
Tanto te hundiste y te clavaste en mi cuerpo
que me has llegado ya a lo más hondo del alma…
¿Es posible que algún día te separes de mí…?
Y cuando tú me dejes, ¡oh cruz tan mía!,
¿podré yo vivir sin ti…?
¡Gracias, Señor!
Porque me has dado la cruz.
Y la cruz que me has dado
está ya sobre mis hombros.
Y yo quiero seguirte bajo su peso.
¡Dolor, dolor!: tú no deberías ser en mí
sino una palabra vana.
Porque, ¿qué tienes de dolor,¡oh dolor!,
cuando de Dios vienes…?